Asistencia vs. resultados. El gran reto post – COVID19

¿Estamos preparados para el teletrabajo y el eLearning?

Antes de la pandemia de la COVID19, el teletrabajo era una práctica casi marginal en Europa. Los países más avanzados llegaban a cifras del 13 o 14% mientras que en España nos quedábamos en apenas un 4%, estando la media europea en el 8%.

En el sector educativo las cifras no son diferentes. Antes de la pandemia, en los países con mayor desarrollo del eLearning, como Estados Unidos, las cifras de estudiantes en formación exclusivamente online suponían en 2017 un 15%, llegando casi al 29% en estudios superiores. En esas mismas fechas, en España estudiaban a distancia un 9% de los estudiantes no universitarios, y un 17,6% de los universitarios. Resulta muy llamativo que en el informe “Datos y cifras del Sistema Universitario Español” publicado por el ministerio en 2019 no haya ni un solo dato relativo a la oferta educativa a distancia.

Parece claro que la COVID19 nos ha abocado a una situación laboral y de estudio para la que el país no estaba ni medio preparado, pero que, previsiblemente, ha llegado para quedarse. Es mas que probable que las nuevas condiciones de trabajo y aprendizaje nos obliguen a llevar a cabo los cambios necesarios para su consolidación en unos plazos que, ni de lejos, preveíamos. Cambios que no serán solo de incorporación de recursos materiales, especialmente tecnológicos,  sino, mucho más importante, de mentalidad a todos los niveles: administraciones, organizaciones sociales, empresas y ciudadanía. Pasar de la “presencialidad” a la “teleactividad” nos obliga a quitar el foco de la “asistencia” para centrarlo en el “desempeño”.

Diferentes capacidades requieren diferentes ritmos y diferentes entornos

Como docente de Formación Profesional para el Empleo estoy acostumbrada a impartir una buena parte de la formación en formato 100% presencial, especialmente cuando el alumnado está en situación de desempleo. Esta formación subvencionada obliga a exhaustivos controles de asistencia, penalizando gravemente las incomparecencias del alumnado en base al hecho de que si están desempleados “no tienen otra cosa que hacer”. Dada la heterogeneidad de formación y experiencia en estos grupos de alumnos/as, es altamente probable que siempre haya algunas personas con la sensación de estar perdiendo el tiempo, mientras que otras se sienten muy presionadas por el ritmo de las clases.

¿Y qué ocurre en el entorno laboral? Mi experiencia como empleada y directiva ha sido siempre la misma: las personas tenemos diferentes capacidades de todo tipo y nuestro desempeño laboral depende en muy poca medida del tiempo que pasemos en nuestro centro de trabajo. de hecho, está mucho más relacionado con nuestra formación previa, capacidad de aprendizaje, de organización, de concentración, etcétera… Y, por supuesto, con la claridad de objetivos, nivel de responsabilidad y calidad de la supervisión.

A todo lo anterior debemos sumarle, además, que no todas las personas son igualmente productivas en cualquier horario, con cualquier nivel de iluminación o de ruido, con el mismo mobiliario… No quiero decir con esto que deban desaparecer los centros de trabajo (es obvio que existen multitud de actividades que deben desarrollarse “in situ”), ni que estos deban modificarse para adaptarse “ad hominem”, pero si que debemos reflexionar sobre hasta que punto, “estar en un sitio un tiempo” es un criterio válido para evaluar que un/a trabajador/a o un/a estudiante “cumple”.

¿Tiene sentido el control de asistencia en entornos de “actividad a distancia”?

Ahora que ha habido que implementar “a pedales” un sistema de teleactividad en los entornos laboral y educativo, las administraciones y las empresas se enfrentan con el reto del “control”. ¿Cómo evitamos que los estudiantes se “copien” las pruebas de evaluación? ¿Cómo sabemos que los/as empleados/as están realmente trabajando? ¿Cómo controlamos que las personas no “engañen”? Ciertamente es un desafío, pero no nos engañemos, ese reto lo enfrentamos día a día en los entornos presenciales, y no estoy segura de que los esfuerzos para lograrlo sean lo exitosos que deberían. Especialmente porque la mayor parte del esfuerzo se pone en conseguir que las personas (estudiantes y trabajadores) ” asistan”, no en que logren la mayor productividad.

La Dirección por Objetivos existe desde los años 50 del siglo pasado pero aún son muy pocas las empresas españolas que tienen implementado un sistema de este tipo, y mucho menos que lo hagan extensivo a todo su personal. En el nuevo escenario de teletrabajo, es absolutamente imprescindible que las personas trabajadoras puedan alinear su actividad con los objetivos de la organización y, para ello, tienen que conocerlos, Igualmente deberán tener claras sus tareas y los objetivos individuales de su trabajo, de su departamento, sucursal, etcétera. Asimismo, deberán implementarse los indicadores y sistemas de medición que permitan controlar el desempeño individual y grupal. Todo ello, mucho más complicado que medir el tiempo de conexión a una plataforma… y mucho más productivo.

En el entorno educativo, a todos los niveles, deberá trasladarse la responsabilidad del aprendizaje al discente, de manera que el papel docente pase de la transmisión de contenidos a la tutorización del aprendizaje. Los centros educativos deberán igualmente implementar medidas que permitan monitorizar la actividad de aprendizaje, qué herramientas resultan más efectivas, cuales requieren ayuda adicional, y deberán asegurarse de que el personal docente cuenta con las competencias necesarias para este nuevo entorno. Los sistemas de evaluación deberán evolucionar de “medir conocimiento” a “medir capacidades”, generando además sistemas de “estímulo de la honradez” basados en que sea más fácil y seguro adquirir capacidades propias que “confiar en las ajenas”.

Como país tenemos por delante un desafío impresionante. Nuestra economía va a sufrir un descalabro sin precedentes. La vuelta a la “normalidad” nos va a llevar años y no será la misma normalidad. Desaprovechar el dolor sufrido y el esfuerzo que vamos a tener que hacer, volviendo a una economía improductiva donde es más importante “estar” que “lograr” o “aprobar” que “aprender”, nos hundirá aún más de cara a un futuro complicado y en el que nuestros vecinos agrandan la brecha de competitividad año a año.

 

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